
El fin de los futuribles: nada es eterno, todo se consume, todo se acaba,
todo vuelve sobre si mismo, todo retorna implacablemente.
“...Ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias y se han ido./ Aparecen las flores en la tierra,/ el tiempo de las canciones ha llegado...”
(Cantar 2,11-12)
“Aquello que se hace por amor, acontece siempre más allá del bien o del mal.”
(F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, 153)
Hace un año aparecieron en mis horizontes los futuribles. En origen se trataba del título para un grupo de textos relativos a la mirada sobre lo que hay o no hay, en mí o conmigo y decantó, casi sin proponérmelo en fotos que narran aquello que se encuentra del mundo ante mi lente. Uso lentes desde muy temprana edad y ha sido irremediablemente mi manera de acercarme al mundo: la mirada mediada por un vidrio para verte mejor mundo. Los futuribles asoman como un juego raro de inestabilidad y movimiento, que iba adueñándose de todo como si fuera la extensión del hablante lírico, que ni escribe ni habla, sino que solamente mira. Todo quedaba atrapado en los espacios curvos del obturador, que describe las cosas como un reflejo que termina por disolverse en forma, color y luces: ninguna poesía ha podido hacer eso todavía. Los textos se perdieron, las imágenes se han de quedar flotando en las retinas de quienes las encuentren.
Creo que se trataba de una manera, algo torpe, de demarcar que en mis lugares, antiguos y deteriorados, había un asomo, breve y luminoso, de una esperanza insostenible, aunque bella e imposible. Sabiendo que toda esperanza es un acto cruel que nos hace esperar que en la vida haya algo de bondad para nosotros. Mantener el blog fue trabajo de búsquedas erradas, caminos perdidos y tentativas extraviadas que arrojaban resultados, si no bien asombrosos, al menos preocupantes. El francotirador ciego, la definición que Anna Maria Tonin tuvo para mi hablante lírico, que disparando en las sombras daba exacto en el blanco, tuvo que aprender a mirar con detalle cada cosa en que acontecía o cada dolor en dónde se desnacía prolijamente. Y dónde no podía derechamente ver, tuvo que aprender a oler y oír los colores y las formas. No es fácil que un ciego por opción vuelva a ver. Por eso, los futuribles no eran cosas que pasarían en algún después cercano o lejano, sino que, en un aquí y ahora, cada vez más trunco e inmediato, articulado en ese dulce nunca de las promesas que uno se ve forzado a hacer, sabiendo que no se pueden cumplir, y que no se van a cumplir nunca. No hablamos de la dulce y cómoda sinvergüenzura sabiniana, ni del acento de los marineros que besan y se corren muy frescos de raja, sino más bien del deseo de ocupar todo tiempo muerto como espacio fecundo. Ese placer es la vértebra central de cada foto.
Concretamente la idea nace en el Aeropuerto de Sao Paulo –Brasil-esperando a que un pedazo de terruño volante de Lan me devolviera a mi ciudad capital, a mi barrio, marginal y peligroso, a mi familia afectiva e incansable y la cascada de sentimientos que me habitaban por ese entonces. Y quería ser una suerte de hemorragia nasal donde las mejores palabras pierden su ancla y su sentido, para salir desaforadas por los cauces más increíbles, inundando ojos y orejas, devolviéndose por la garganta, sobrepoblando la boca y las narices para producir una sensación de ahogo capaz de decir todo sin nombrar nada. Si leen de corrido, sin respirar, repetir o detenerse, el párrafo anterior van a entender muy bien lo que quiero expresar. La idea entusiasmó a Mike Van Treek, escandalizó a la Hermana Paulina y confundió a Marina Latorre. En simples palabras, buscaban que fueran “esos textos” que no pude redactar porque al momento de concretizarlos me tembló la mano, me distraje con lo que pasaba por mi costado o me olvidaba dónde tenía la libreta de anotaciones, en el desorden de la mochila de viaje.
La textura de los futuribles nace con la tierra roja de Uberlandia, con el olor a la foresta espesa que me hizo oler húmeda e indomable. Nace de un sueño de atravesar mares, dominar continentes y, como los grandes aventureros, mentir para esconder cada derrota, cada fracaso. Es parte del deslumbramiento ante un pueblo hermoso y endémicamente feliz. O simplemente el encantamiento disuelto por noches de lluvia, por la distancia y lo perecedero, que siempre nos acecha. Después la imagen fue tomando la arcana textura europea, como lo que no se deja contar ni recordar; fue el espacio atravesado por una promesa fulera, un futuro blandengue y enclenque incapaz de sostener el aquí y ahora. En Borgomanero los futuribles se convirtieron en un recuerdo o una amenaza de primavera en un jardín permanentemente equivocado. Los textos que iban a acompañar a algunas fotos fueron esbozados en la mesa de la cocina de la casa que me acogió dulce y tristemente entre cafés y empanadas de queso, aunque seguramente terminaron extraviados entre las carreras para no perder la coincidencia (que nunca coincidía) de trenes entre Milán y Roma. Poner solo las fotos nace como una idea a partir de una foto que tengo por ahí guardada de cuando tuve 5 años, vestido como testigo de Jehová... y no poner los textos por una carta de amor que se me perdió irremediablemente en el correo.
Así irrumpe mi retorno a Chile, rasgando mi pupila cansada de nerudismos y nerudianas, y se hace un tiempo fecundo y peligroso, un momento de cambios, la lucha desesperada y exasperante por mantenerse fijo en un espacio y tiempo que se disuelve. Había estado lejos muchos años, con una muerte de Sumo Pontífice, una elección de un nuevo Sumo Pontífice, a Papa muerto Papa puesto... un paseo por África, la famosa guerra inmoral de Bus y el mirar a la primera presidenta mujer desde lejos. Una suerte de Homero que regresa a su Ítaca sabiendo que es el inicio inevitable de nuevos rumbos, de nuevos encuentros y nuevas esperanzas, más modestas, menos pretensiosas y casi factibles, además de posibles.
Así fue que las montañas tomaron formas de mujer y me fueron alimentando de su helada leche hasta encontrarme encaramado y silencioso en un puerto que me acoge como un vientre protector de asaltos y temporales. Era el amor, advertía el ciego en su falso laberinto, es el amor, insistía mientras rasgaba con una gillette una hoja de plástico con un nombre doloroso de piel y deseo. Pero cuando uno vive la soledad como vocación personal no escucha a las gargantas de papel que advierten distraídas en el camino lo que nos va a pasar. Así los autobuses me llevaron hasta llegar a la oscuridad salina y la ternura olorosa de lo amado. Había que huir pero todo me llevaba hacia los yambos de la amada Ayün, a los espacios de Paola, la dueña de la mesa en que escribo estas líneas, en quien me he vuelto a asomar a la vida, por quien me he dado cuenta que los futuribles no dejan de ser aquí y ahora. Sabemos por el antipoeta siútico y mago que no hay amor ilegítimo. Eso lo hemos vivido.
En el intertanto han pasado muchas cosas: el Colocolo ha perdido como siempre, Pinochet – en un acto de relativa dignidad- ha decidido morirse, dejando un festival de buitres y hienas huérfanas. Y yo he cambiado radicalmente: he cambiado de ideas, de ropa, de calle y de opciones de vida. He dejado –no sin tristeza- mi espacio seguro en la institución franciscana, para buscar disolverme en el carisma del pobre loco enamorado del Evangelio. He comenzado a cambiar mi estructura de personalidad, mi carácter y mi historia. Estoy cambiando mis letras y el tono con que desvirgo las palabras. Con mi ganzúa he intervenido el pasado y me dejo navegar por cosas que no había visto ni hecho, pese a conocerlas a la distancia. Ya no pago 380 para ir a donde quiero sino que voy a todas partes a pie, además de que no tengo muy claro a donde quiero ir. Antes me miraba al espejo y sabía amargamente quien era, ahora descubro eufóricamente que no sé quien soy, y ciertamente no es tan importante saberlo. Así dejé mis seguridades de futuros precisos y urbanizados, por un aquí y ahora sin muchas proyecciones sino el descubrimiento admirado de lo que hay y de lo que no hay, justo en el punto donde la tristeza de lo que perece se mezcla con el breve infinito de su existencia. Así aparecieron otras cosas, surgieron nuevos textos y se multiplicaron los días de la bonanza... ya es verano. El costo de esto siempre es alto: someterse al juicio imprudente de los mojigatos, de los que no entienden o de los que temen al movimiento... pero vale la recompensa de besos y amor, de fiesta y encuentro cotidiano.
Y los futuribles no fueron. Cada mezquina pretensión se disolvió y se quedó un signo sin referencia a nada. Una suerte de mudez desemparentada de la sordera. La necedad pura que insiste a contracarne en cosas que no se darán, lo que no ha de ser, aquellos que persiguiéndonos toda una vida, nunca nos va a dar alcance. Por eso, con una bala de gracia, parecida a una mala palabra pintarreajada y dibujada como un tatuaje, me permito dar fin a los futuribles –para que no sufran- e iniciar un nuevo espacio que hable del aquí y ahora, ese que serenamente vivo, cada día, en Tocornal 290, casa 4, Cerro Barón, Valparaíso. Con boca enamorada, cada día ella me besa siempre igual...
Tito Fernández Cubillos

